Critica, MANCHESTER FRENTE AL MAR

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Hablar de Manchester frente al mar es tan difícil como enfrentarse a un puzle gigantesco y sombrío. Dos mil fragmentos, cinco mil. Diez mil piezas pequeñas, heladas y oscuras. Así es esta película. Imaginen que encuentran una bolsa con las piezas, tal vez en el desván, y entonces recuerdan haber visto la imagen...
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Hablar de Manchester frente al mar es tan difícil como enfrentarse a un puzle gigantesco y sombrío. Dos mil fragmentos, cinco mil. Diez mil piezas pequeñas, heladas y oscuras. Así es esta película.

Imaginen que encuentran una bolsa con las piezas, tal vez en el desván, y entonces recuerdan haber visto la imagen que componían: era bellísima, grandiosa. Y deciden hacerlo.

Ustedes se sientan a la mesa y comienzan. Cogen una pieza, le dan vueltas, tratan de encajarla. Toman otra y prueban: ya tienen dos. Han conseguido unir varias, han compuesto una esquina de la historia. Pero los trozos son oscuros, es difícil, todos se parecen y están tan fríos…

Manchester frente al mar proporciona al espectador muchos retazos, muchas pistas para hilar una historia magnífica. Pero no es brillante, no es luminosa; es un pozo que se adentra más y más profundo a cada paso. Esta película es una vida, una vida marcada por la tragedia. Y, como la vida, hay que disfrutarla despacio, dejando que nos invada.

Nos habla del presente de sus personajes, de cada una de las piezas de este puzle; un presente difícil porque está marcado a fuego por el pasado. Luego nos desvela, poco a poco, qué es lo que dejó huellas tan profundas. Y por fin nos da un atisbo del futuro, que puede ser, quizá, un poco más amable, pero el camino es largo y cuesta arriba.

No esperen ver una cinta agradable. No lo es, porque no debe serlo. Kenneth Lonergan, el director, no pinta las miserias de color de rosa. Pero las dota de un ritmo pausado y de unos silencios que nos ayudan a procesarlas. Cada trozo, cada fragmento tiene su lugar aunque al principio nos pareciese que al puzle le faltaban piezas. Lonergan tenía la complicadísima tarea de explicarnos el dolor más profundo, la rabia más intensa, la desesperación más completa. Y lo consigue. Sin alardes, sin dramatismos.

Pone ante la cámara a un Casey Affleck vacío, hueco, devastado y luego nos cuenta por qué está así. Y nosotros lo interiorizamos, despacio, y lo entendemos. Y nos llevamos la pena a casa.

El puzle está completo y la imagen se ha revelado magnífica y sobrecogedora.

Manchester frente al mar es, señores míos, una película importante.

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