Critica: LA CHICA DANESA

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Tiene esta película un no sé qué, algo perturbador que deja cierto poso, una falsa serenidad que envuelve una salvaje rebeldía. La chica danesa cuenta la historia de Einar Wegener, un joven danés que se convirtió en una de las primeras personas en recibir un cambio de sexo. Hablamos de los años 20, no lo...
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Tiene esta película un no sé qué, algo perturbador que deja cierto poso, una falsa serenidad que envuelve una salvaje rebeldía.

La chica danesa cuenta la historia de Einar Wegener, un joven danés que se convirtió en una de las primeras personas en recibir un cambio de sexo. Hablamos de los años 20, no lo olviden. Pese a que el dúo protagonista, ambos pintores, se mueven en un ambiente bohemio, más liberal, la homosexualidad no estaba bien vista y se trataba como a una enfermedad. La transexualidad ni se imaginaba, por supuesto. Hasta que Einar decidió que quería ser Lili.

La película tiene aciertos y errores, grandes en ambos casos. El error más evidente es, a mi juicio, el guión de Lucinda Coxon. Una historia tan poderosa merecía un guión que consiguiera hacerla llegar al espectador, que transmitiera las sensaciones y las emociones. Pero no. Todo se queda en preciosismo y corrección, y no pasa de ahí.

En esta historia, la emoción más abrumadora es el amor; la sensación más interesante, la delicadeza. Y ninguna de ellas llega con claridad al espectador, pese al trabajo de Eddie Redmayne. Es notable, pero no sobresaliente. Y demasiados planos cortos no ayudan (aunque la belleza de Eddie/Einar/Lili lo soporta todo).

Entre los aciertos, el más destacado es Alicia Vikander. La joven actriz, lejos de sentirse intimidada por el papel trascendente y protagonista de su marido en la ficción, se crece; su calidez, su humanidad, su amor incondicional desbordan la pantalla. Y su dolor. Ambos actores combinan sus talentos para ofrecer una química perfecta que salva, en gran medida, las carencias del guión.

Además, está la lograda recreación histórica de la época a través de sus interiores, de su decoración, de sus piezas. Y la música de Alexandre Desplat, notable, nos desliza entre sedas, lienzos, encajes y pinceles.

Debería ser una película de emociones; deberíamos conectar más íntimamente con el protagonista, pero el guión no nos lo permite. Y es una pena, porque hay una gran historia y una gran interpretación que merecían el esfuerzo.

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